Una
mirada al pasado, a la antigua vida cultural del norte del país. Nos permiten
conocer la historia de la colonización y evangelización de indígenas
Por todo el alto Paraná, sus estructuras de piedra roja crearon un estilo arquitectónico
conocido como "barroco guaraní", con detalles escultóricos que
sobreviven 400 años después.
Envuelta por un halo de
misterio, la ciudad de San Ignacio resiste el paso del tiempo
custodiando las ruinas con mayor valor histórico-cultural de la Provincia de
Misiones,a unos 50 kilómetros de la ciudad de Posadas. Su serenidad
característica, su vegetación, su aire puro y su misticismo convierten a esta
localidad en un encantador destino, uno de los preferidos entre los principales
puntos turísticos de Misiones.
De acuerdo con las investigaciones
arqueológicas de la misionera Ruth Poujade y otros de sus colegas, se estima
que el territorio misionero fue habitado desde unos10.000 años atrás. Los
guaraníes ingresaron en la región desde el siglo X, lo que implicó el
desplazamiento y la aculturación de grupos que ya habitaban allí, como los
kaingangs o los guayanas.
El arribo de los primeros
colonizadores a la región se produjo en el siglo XVI, como lo contó Alvar
Nuñez Cabeza de Vaca en 1542: «… y en la ribera del río estaba muy gran
número de indios de la misma generación de los guaraníes: todos muy emplumados
con plumas de papagayos y almagrados, pintados de muchas maneras y colores, y
con sus arcos y flechas en las manos hechos un escuadrón de ellos, que era muy
gran placer de los ver…»
Según narra la historia, los
sacerdotes José Cataldino y Simón Masceta fundaron en 1610, en la región del
Guayrá (Brasil), la reducción de San Ignacio Miní, junto a otras que, en
1631, serían asediadas en forma constante por los cazadores portugueses de
esclavos (bandeirantes). Sólo el pueblo de San Ignacio y el de Nuestra Señora
del Loreto sobrevivirían a los ataques, emigrando en 1632 y estableciéndose a orillas
del río Yabebirí, en la actual provincia de Misiones.
San Ignacio Miní se establecería en el
sitio donde hoy perduran sus ruinas en el año 1696, como una experiencia
social, cultural y religiosa única de su tipo, protagonizada por los pueblos
originarios y la Compañía de Jesús. Posteriormente, todas las reducciones,
incluso ésta, serían destruidas por el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez
de Francia, en 1817, y restauradas en forma total en la década de 1940,
situación que permite apreciarlas actualmente. En 1984 fueron declaradas Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO.
Antes de entrar, hay que pasar por el Centro
de Interpretación, un museo que trata de situar las acciones jesuíticas en su
contexto. En un edificio neocolonial, con tejas rojas, sus colecciones muestran
objetos como instrumentos de cuerda creados por los guaraníes y una formidable
maqueta explicativa de la misión original. Un panel con audífonos, por
ejemplo, nos permite oír viejas leyendas en idioma guaraní, junto al texto en
inglés y castellano. Otro, permite comparar la música sacra oficial de las
misiones con temas como Ñanembaraete ‘i Katu (“Nos fortalece la
vida”), donde los ritmos y coros minimalistas de los guaraníes incorporan
instrumentos europeos.
Al salir del museo, los visitantes
llegan a la Plaza de Armas, rodeada en tres de sus lados por los cimientos
del sector de los guaraníes -había 4.000-. Lo más impresionante es la Iglesia
de San Ignacio Miní, de piedra roja, con una fachada de 24 metros tan cuidada
que su supervivencia, tras casi dos siglos de abandono, es todo un homenaje a
la habilidad de los artistas guaraníes que la construyeron, siguiendo el diseño
del arquitecto italiano Juan Brasanelli.
El templo mayor, de tres naves, fue
construido con piedras de la zona, la cubierta era de tejas, a dos aguas,
sostenida por una estructura de madera. En toda la arquitectura del
asentamiento puede apreciarse el legado guaraní, palomas, y dibujos de las
flores del lugar.
Flanqueada por el cementerio y
los claustros, las decoraciones de sus arcos y columnas incluyen figuras de
ángeles, palomas y flora local. Los suelos son un verdadero “rompecabezas” de
bonitas losas. Inevitablemente, hay andamios de madera que sujetan las frágiles
paredes de la iglesia. También hay otros edificios muy originales, como los
talleres e incluso la cárcel.
San Ignacio es la misión jesuítica
argentina mejor conservada, y por tanto la más visitada, pero no es la única en
la zona. En la Misión de Nuestra Señora de Loreto, situada a 10 km al
oeste de San Ignacio y a 3 km de la Ruta Nacional 12, los visitantes pueden
hacerse una idea de qué aspecto debía tener San Ignacio antes de su
restauración. Todavía cubierta por la vegetación, buena parte del lugar sólo
puede entenderse mediante placas explicativas.
A unos 16 km al sur de San Ignacio y a
tan sólo 1 km de la ruta 12, un andamio sujeta las frágiles paredes de ladrillo
de la Misión Santa Ana. Entre sus restos, puede entreverse la iglesia, las
que fueran residencias de los guaraníes hace 400 años, los talleres y el
cementerio -que se volvió a usar y a abandonar en el siglo XX, y que más bien
parece el decorado para una película de terror.

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